1 ago. 2015


Por Martín Quintana. Escritor, periodista y docente
http://medium.com/@fragmentario

No suelo ir a ferias del libro. Detesto los amontonamientos de gente, el ajetreo, la urgencia. Comprar libros siempre fue para mí el pacífico saludo del librero, el recorrido exploratorio, el ambiente semivacío. Tengo, además, hábitos vergonzosos: en ocasiones llego ansioso, con el título del libro elegido, para ofenderme si no hay existencias. En otras, no tengo idea de lo que busco y me pierdo por horas revisando anaqueles sin criterio ni rumbo. Las ferias no están hechas para mí, yo no estoy hecho para ellas.

Lo único que atenúa esta vocación de huraño es una débil voluntad: me dejo llevar fácilmente. Eventualmente, entonces, voy a ferias del libro para pasarme el resto del año diciendo que no voy. Mis experiencias, con todo, fueron variables pero siempre dignas, a excepción de la última, la que me ocupa hoy, más parecida a un tormento medieval que a un paseo literario.

Cuando escuché sobre la Feria Popular del Libro de inmediato me hizo ruido el agregado “Popular”. ¿Era una forma de desmarcarse de otras ferias, supuestamente “elitistas”? ¿Los precios eran populares, como en los mercados comunales? ¿Era popular por el hecho, más observable, de que la organizaba el autodenominado Gobierno del Pueblo de la Ciudad de Corrientes? En fin, estaba aburrido, soy fácil de convencer, pronto me encontré rumbo al lugar.

Mientras caminaba por la costanera, recordaba mi anterior feria, tres o cuatro años atrás.  En esa ocasión me empujó a ir una novia canadiense que quería aprovechar las ofertas para comprar libros de arte. La feria se hacía en el exregimiento 9, estábamos cerca. Los libros tenían un 50% de descuento real sobre el valor de tapa y los catálogos eran amplísimos. Recuerdo haber elegido unos libros de Borges, algo de Marguerite Duras, Salman Rushdie, mi primer libro de Lobo Antunes. Ella –ahora, mi exnovia canadiense- se agenció un tratado sobre el color, un manual de dibujo avanzado, un compendio ilustrado sobre el renacentismo. Pagamos poco y lo financiamos en muchas cuotas (éramos tan dichosos como pobres), tomamos un café y volvimos a casa a hojear nuestras adquisiciones como niños curiosos.

Habían pasado años, ahora estaba solo, llegando a una nueva feria. La del exregimiento había sido ordenada y silenciosa, casi lúgubre (nadie olvidaba que estábamos en un antiguo centro clandestino de detención). El escenario era ahora diametralmente distinto.

La Feria Popular se abría ante mí, en las dependencias del Club Boca Unidos, con luces de todos los colores. Una música alegre –creo que una chacarera- sonaba a un volumen desmedido, alrededor de un escenario la gente bailaba, se reía. Había niños y manteros vendiéndoles juguetes a los niños, había puestos de panchos, promotoras de los boliches de enfrente, venta de remeras, artesanías, refrescos. “Bueno, esto sí es popular”, pensé, y me refugié en los salones.

Me tranquilizó ver que, contra lo que sugería la evidencia, efectivamente había libros en la Feria Popular del Libro. Libros en estantes, libros en cajas, libros sobre libros, apilados en mesas, desparramados en el suelo, parecía un paraíso. Al acercarme descubrí que era un espejismo.



Los libros “a mitad de precio” eran directamente de desecho, el último rincón del depósito. Anuarios de 2008, antologías de jubiladas, libros de campaña de Cavallo, De La Rúa, Menem, una cantidad ridícula de ejemplares de Viviana Canosa hablando del amor, manuales de sexo tántrico, un libro de cuentos de Orlando Barone, cartas astrales. Distinguí en el medio tres libros de Kenzaburo Oé y pensé que me había sacado la lotería, que había hallado las flores perfectas en el fango. Los hojeé: estaban llenos de hongos. Hice lo mismo con un Samuel Beckett: las hojas estaban mal cortadas, el texto se inclinaba, sobresalían filamentos de papel de los bordes.

La sección de literatura infantil era igual de lamentable. Revistas rotas o descoloridas por el sol, cancioneros de María Elena Walsh que venían con casettes (sin los casettes), dibujitos de los 80 y los 90, todos encuadernados en ese fino cartón gris que envilece el alma. La zona de textos no literarios presentaba el mismo panorama. Manuales de Microsoft Access 97, un atlas en el que aún existía Yugoslavia, ediciones obsoletas del DRAE, libros de texto del abolido Polimodal.

La librería más grande, por lo visto, sólo había decidido exponer basura. La competencia, en cambio, mejoraba por mucho la calidad pero los descuentos estaban ausentes o eran nimios. Una actitud, en comparación, decente. Sólo las editoriales pequeñas –anarquistas, indies- tenían espacios amables, los libros elegidos con cuidado, ordenados con amor evidente.

Buscando la salida, me enredé en los pasillos de los stands turísticos. Una docena de empleadas municipales se limaba las uñas o conversaba detrás de las mesas, el gesto resignado, la mirada ausente. Atravesé el pasillo y llegué a una puerta que rezaba “Circo Criollo”. Detrás, un malabarista jugaba con una pelota bajo una luz mortecina. Tomé en dirección contraria y llegué al salón auditorio, donde me recibió el rostro televisado de Víctor Hugo Morales.

Quedé atrapado, entonces, entre cuatro círculos del infierno. ¿Debía volver al festival de basura que era la zona editorial? ¿Enfrentar a esos burócratas sin párpados? ¿Dejarme devorar por el hipotético león del circo? ¿Exponerme a la conferencia radioactiva del monstruo uruguayo? La depresión cayó sobre mí como el hercúleo pie del peronismo sobre la cultura.

Me moví sin rumbo hasta que –no sé bien cómo- regresé al punto donde comenzó todo. Una banda tocaba, el gentío exaltado saltaba y aplaudía. Me escabullí y troté lejos, muy lejos, hasta que la pesadilla desapareció.

Caminé por la costanera y el paisaje era hermoso.

La costanera está hecha para mí.

Las ferias (algunas ferias) no están hechas para mí.

Yo (a veces, yo) no estoy hecho para ellas.


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