7 abr. 2015



Por Darwy Berti.

–“El intenso y libre palpitar de los diecinueve poemas que conforman este libro bastan para confirmar la calidad estética de la autora”, sostiene doctoralmente el doctor en Filología por la Sorbona, Jaime Rosa, en el prólogo de: “De promesías, mediodías y máscaras”, de Liz Antonini.

¿Quién es Liz Antonini? Una poeta y periodista nacida en Corrientes, en cuya Escuela de Comercio “Manuel Belgrano” obtuvo el título de Perito Mercantil,  y que luego estudió Periodismo en la Universidad de La Plata y Dibujo, Teatro y Cine en Salamanca, Valencia y Gerona (España), y que publicó sus primeros artículos y poemas en los periódicos “Época”, de Corrientes” y en “El Heraldo”, de Salamanca, y que en 1986 obtuvo el segundo premio nacional de Poesía Joven en Argentina. Ahora, ¿usted quiere saber su edad? … Digamos que nació en nuestra ciudad, que algunas veces es tan bonita, a fines de la década del 60 o principio de la del 70… aunque para ella no corre la borgeana “humillación de envejecer”. (Su madre es la poetisa Marily Morales Segovia).

El filólogo Jaime Rosa, en 1994, en Valencia, quedó deslumbrado ante la aparición de este libro “intenso y palpitante”, ante “la ternura de las cosas sencillas” emergentes de sus páginas, ante estos “cuadros de estados anímicos”, ante la “influencia directa de César Vallejo” que se evidencia en estos poemas de Liz Antonini, ante estos “penetrantes distanciamientos irónicos”, ante este libro que se “le antoja un hermoso frutero”, pero no cargado con  frutas plásticas meramente decorativas, sino repleto de “exuberantes frutos naturales tan vivos que lejos de dejarse comer muerden ellos mismos en la más sabrosa pulpa del deseo…”

Dos décadas después del deslumbramiento del filólogo Rosa, y pese al ultraje de los años, este libro, que acaba de llegar a orilla de nuestro Paraná profundo como grito de hombre, a nosotros, lectores habituales de poesía (particularmente de poemas de Juan Gelman y de Juan L. Ortiz, excluidos expresamente de alguna antología de moda), también nos deslumbró por el “intenso y libre palpitar” de sus páginas.

Podemos asegurar que desde el primer texto, titulado acertadamente “El Poema”, donde Liz Antonini concluye sabiamente: “Digamos que el poema / es un ser diferente”, nos quedamos como enceguecidos por tanta luz poética: “Digamos que los árboles / también son imperfecciones de la tierra, / así como los pájaros / y la voz del hombre”, así comienza “El Poema”, que hace honor a su nombre y que no se puede leer sin creer. ¿Y qué decir de los dibujos que ilustran, que iluminan estos poemas “De promesías, mediodías y máscaras”?. Paradojalmente estos dibujos desenmascaran a la autora de estas “máscaras”, como ocurre en la grafología. Y a uno le viene a la cabeza la célebre confesión shakespereana-faulknereana: “la vida no es sino un cuento contado por un idiota lleno de ruidos y aspavientos que nada significan”. Este es un libro con sonido y con furia, créanos usted, aunque esto nada signifique.

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