25 jun. 2014


Algunas especies de monos tienen una dinámica de grupo particular: son monógamos y padres dedicados.

Por Eduardo Fernández-Duque*
Foto gentileza del autor

El mono miriquiná, una especie que vive en los bosques subtropicales de Brasil, Perú, Bolivia, Argentina y Paraguay, es un caso especial: vive en monogamia social. Que no es fidelidad, ni quién tiene hijos con quién. Monogamia social es diferente a monogamia reproductiva, donde sólo tienen hijos el uno con el otro.

Monogamia reproductiva y social son dos cosas muy distintas. Y esa diferencia es fundamental si estamos hablando de evolución, donde lo que cuenta son sólo los hijos producidos.

Pero entonces, ¿qué es la monogamia social? Es formar una pareja estable por un período de tiempo prolongado, más allá del momento de la reproducción. Una historia de amor especial, si se toma en cuenta que la monogamia es muy rara en mamíferos y primates. Solo un 10 por ciento de los primeros y un 25 por ciento de los segundos la practican.

¿Por qué es rara la monogamia en mamíferos? La clave radica en su biología. Las hembras, como las mujeres, están limitadas en su reproducción por un embarazo, por la lactancia, por sólo poder quedar embarazadas en ciertos días del mes. Los machos, como los hombres, no tienen esas limitaciones biológicas. Entonces nos preguntamos por qué un macho se limita a una relación monógama, donde no está además seguro de si él fertilizó a la hembra o no.

¿Cómo evolucionó una estrategia que limita al macho a reproducirse con una sola hembra y que después lo pone en una situación donde ni siquiera sabe si esa cría es suya?

Lo que sabemos es que los monos miriquiná son monógamos. Que las crías son cuidadas por los dos, madre y padre. Y que son territoriales, algo que creemos está relacionado con la forma en que está distribuido el alimento en la selva.

El alimento no está en grandes fuentes que pueden dar de comer a muchos, sino en platos. Hay muchos platos, pero cada uno puede alimentar a una sola hembra, y están bien separados uno del otro. Entonces, si el macho quiere estar cerca de una termina estando lejos de las otras.

Eso explicaría la monogamia social, pero no porqué el macho elije quedarse y ayudar con la cría sin siquiera estar seguro de ser el padre. Para evitar cuestionarse la paternidad, el macho es extremadamente celoso. Cuida a su pareja, asegurándose que no se acerque otro macho. Y cuando otro se acerca al territorio hay peleas y corridas, que pueden terminar incluso con la muerte de uno de los dos. Pero así logra reducir el riesgo de que otro macho la fecunde.

¿Lo logra? ¿Hay monogamia reproductiva en los miriquiná? Volvemos a la importantísima diferencia entre monogamia social y monogamia reproductiva. Sólo si la cría es suya habrá beneficios evolutivos porque el macho se asegura su descendencia. Fue por eso que durante mucho tiempo llevamos a cabo un estudio para determinar si efectivamente las crías pertenecían a los padres que los cuidaban.

Para eso juntamos muestras de ADN de 35 crías, 35 machos y hembras y encontramos que en el 100% de los casos el macho era el padre biológico. Entonces pudimos asegurar que los miriquiná son social y genéticamente monógamos.

Son socialmente monógamos por cuestiones ecológicas que limitan las posibilidades de tener múltiples parejas. Y son genéticamente monógamos porque la intolerancia hacia otros individuos mantiene a raya a la pareja, lo cual explica el gran cuidado de las crías por parte del macho. Se benefician todos: la hembra tiene ayuda con la cría lo que le permite recuperarse del embarazo más fácilmente. La cría aumenta su probabilidad de supervivencia al tener dos padres. Y el macho se asegura la descendencia.

Entonces, ¿qué aprendimos de estos monos que nos pueda ayudar a comprender la biología de las relaciones hombre-mujer y la evolución del vínculo en humanos? Estos monos, como modelo de estudio, nos ofrecen un sistema simplificado. Nos permiten examinar las bases biológicas de la monogamia removiendo los influyentes efectos del lenguaje, la religión y la cultura.

De hecho hay un gran consenso que ese vínculo, ese lazo que caracteriza la relación monógama, evolucionó en los ancestros de los humanos cuando no había religión, cuando no había sociedades complejas con tecnología como hoy en día. Y suponemos que la evolución del vínculo en los ancestros de los humanos habría sido en respuesta a factores ecológicos y biológicos.

De ahí la importancia de estudiar un sistema como el miriquiná, donde lo único que regula lo que vemos es la ecología, y donde la evolución del vinculo habría permitido la división del trabajo entre el hombre y la mujer, el cuidado de los niños, la defensa de los mismos.


Este texto fue realizado en base a la charla de Fernández Duque “De amor, monogamia y monos”, en TEDx Río de la Plata en 2013.

* Eduardo Fernández Duque es investigador adjunto del CONICET en el Centro de Ecología Aplicada del Litoral (CECOAL, CONICET-UNNE). Biólogo y primatólogo, obtuvo su Licenciatura en Biología en la Universidad de Buenos Aires y el doctorado en Comportamiento Animal en la Universidad de California en Davis, Estados Unidos. Realizó postdoctorados en el Centro David Rockefeller de la Universidad de Harvard y en el Zoológico de San Diego. Es además profesor del Departamento de Antropología en la Universidad de Pensilvania.

0 comentarios:

Publicar un comentario