5 may. 2014



Por Marcos Rodrigo Ramos*


No era la más linda del curso, ni la más provocativa, ni la más simpática, pero a mí me gustaba. Bety me decía: “Vos podés tener algo mejor”.  No quería otra cosa, la quería a ella, aunque poco la conocía porque casi nunca me hablaba.

En medio de las clases era bueno dedicarme a mirar sus ojos marrones,  pasaba a veces que me descubría y me sonreía unos segundos, bastaba ese tiempo para que yo viera en esa boca besos escondidos, guiños de complicidad y un tácito “te estoy esperando”.

La primera vez que charlamos fue cuando nos cruzamos en la biblioteca.  Estuvimos casi una hora hablando, ninguno de los dos hizo el trabajo que tenía que hacer. Ahí me enteré que trabajaba de secretaria de un abogado que vivía haciendo alarde de su plata y su Peugeot 605 cero kilómetro. Yo la escuchaba maravillado, más por su voz que por lo que decía.

-Ya es hora de ir a clase, Gonzalo.
-Me llamo Rodrigo- le dije, no sé si me escuchó. Rápido se había ido por las escaleras sin esperarme.

Pasaron los días y volvió a tratarme con la indiferencia de antes. “¿Qué le ves a esa mina?” insistía Bety.
No me importaba lo que dijeran o pensaran los demás, me sentía enamorado y soñaba besos, abrazos y caminatas de la mano.

Cada vez eran menos las ocasiones en que nos cruzábamos. En el aula huía de mi mirada y más de una vez me pareció percibir cierta expresión de fastidio.

Llegaron los exámenes finales, más de veinte habíamos quedado para el recuperatorio. Para colmo de males el profesor Aguirre había anunciado que sólo cuatro habían aprobado. Andrea se paseaba nerviosa por el pasillo, finalmente se sentó a mi lado y empezamos a hablar de la prueba. Temblaba y no paraba de comerse las uñas. La excusa fue perfecta y no la desaproveché. Tomé su mano con suavidad y le dije:

-No quiero que te lastimes tanto.
-Bueno Gonzalo. Está bien.

No me dio tiempo para decirle mi verdadero nombre porque enseguida entró al aula a buscar su nota, antes de ir apretó mi mano para que le deseara suerte.

Al minuto apareció a los saltos gritando:“¡Aprobé!”. Me abrazó dándome un sonoro beso en la mejilla, después se fue con sus amigas. Quedé allí parado, sin ganas de moverme, feliz, aturdido por el eco de sus labios.

-No te enganchés tanto- dijo Bety.

No la escuché.

El examen lo pasé pero ya no importaba. Corrí con la intención de encararla; me sentía valiente y no me parecía mala idea invitarla a tomar algo con la excusa de festejar.
Pregunté a mis compañeras si la habían visto. Dijeron que se había ido rápido. Contento me fui por la avenida Sarmiento que estaba desierta, eran más de las once de la noche. Caminaba por el medio de la calle cantando alegre hasta que los faros de un Peugeot 605 me indicaron que debía hacerme a un lado. Al pasar frente a mí pude ver al conductor, un hombre gordo, viejo y canoso, de traje y pinta de abogado con plata, una chica lo abrazaba por el hombro. La reconocí enseguida. Sería ingenuo de mi parte creer que no me vio. No me saludó. Yo tampoco lo hice.
En ese instante sentí que la noche se había vuelto más oscura. Me senté bajo un árbol y quedé solo llorando frente a esa calle por la que se acababan de ir mis sueños, como Andrea, para siempre.


*El cuento obtuvo Mención de Honor en el Concurso literario del Rotary Club de Avellaneda. (2010)

0 comentarios:

Publicar un comentario