11 abr. 2014


El actor falleció esta madrugada, en su casa de la Ciudad de Buenos Aires tras una larga lucha contra el cáncer. En su extensa carrera, brilló tanto en el cine como en el teatro.

El público, la crítica y sus pares coinciden en llamarlo “el gran actor argentino”. Y no es poco para alguien que apenas lo creyó y se sonrojó cada vez que lo escuchaba o lo leía.

Alfredo Félix Alcón Riesco de niño se ponía como capa una cortina y actuaba para algún bichito en la terraza de la casa, sin que nadie lo viera porque así lo quería: era muy vergonzoso.

Ganó decenas de premios por su labor en teatro y en televisión, en donde encarnó casi un centenar de papeles que lo ubicaron en un lugar de respeto y admiración durante décadas. Compartió escena con otros grandes y escribió las páginas más célebres de la historia del teatro y del cine argentino.

Tanto lo acompañó el éxito, que el fracaso era una rareza para él. “Si el fracaso enseña algo, soy un ignorante”, se sinceró alguna vez.

Su infancia transcurrió en una casa de la localidad bonaerense de Ciudadela, partido de Tres de Febrero. Tras la muerte de su padre, a sus 3 años, fue criado por sus abuelos, ya que su madre debió salir a trabajar.

Una partida muy temprana

“Tengo algunos recuerdos, pocos, pero muy intensos, de mi padre. Uno de ellos es una escena que sigo repitiendo: era un anochecer de verano, cuando la luna parece estar tan cerca que podés estirarte y agarrarla. Mi madre estaba tejiendo en el patio y mi papá daba vueltas por ahí. Entonces vi la luna y le pedí que me la alcanzara. Mi papá fue al fondo de la casa, buscó una escalera y se subió como para traérmela. Cuando llegó al último escalón se empezó a reír con mi mamá. Me quedé con esa imagen. Años después, alguien que entendía de psicología me dijo que sigo pidiendo la luna. Me la pido a mí y se la pido a la mayoría de la gente que me rodea.”

El descubrimiento de Shakespeare

Su padrino vivía cerca y tenía una gran biblioteca. Le prestaba libros infantiles y él le robaba otros.

“Gracias a las obras completas de Shakespeare, los días en que no íbamos a jugar al fútbol me las arreglaba para juntar a mis amigos en la cocina de casa y les leía Ricardo III, que era la que más éxito tenía. En el fondo, los cuentos me los empecé a contar yo mismo. Me creía lo que leía. Tenía un mundo de juegos muy secreto y misterioso.”

A los 14 años Alfredo decidió abandonar sus estudios en el colegio industrial para ingresar en la Escuela Nacional de Arte Dramático, con el apoyo de su madre.

“En aquel momento era enfermizamente tímido”, reconocía.

“Había estudiado unos poemas y de los nervios me olvidé todo. Ninguna compañera quería pasar conmigo porque de los nervios me tentaba, me hacía reír la escena del bosque de Bodas de sangre, tener que decir: "Ese olor que te sale de los pechos". Ingresé al Conservatorio porque a Antonio Cunill Cabanellas le parecí lindo.

Teníamos clases de danza, había que ponerse una malla y una camisa blanca y yo era un inútil. En esa materia tenía dos de promedio. Vino Cunill Cabanellas a los últimos exámenes para evaluar lo que se había estudiado en clase. Pasé yo y ocurrió lo de siempre: todos riéndose, y él dijo con ese tono suyo: <>. Me puso un ocho.”

La Radio

El mismo Cunill Cabanellas le tomó un examen y entró en la Radio Nacional. Su inigualable voz en ese entonces se esparcía en el éter transmitiendo el Mercado de Hacienda.

Más tarde, en esa radio tuvo la posibilidad de hacer un ciclo de radioteatro llamado  “Las dos carátulas”, iniciado en 1950.

Las piezas fueron dirigidas por Osvaldo Bonet, Antonio Cunill Cabanellas, Armando Discépolo, Francisco Javier, Mercedes Sombra, Jorge Petraglia, Eugenia de Oro, Boyce Días Ulloque, Oscar Fessler, Marcelo Lavalle, entre otros. Los elencos eran encabezados por primeras figuras de la talla de Violeta Antier, Eva Dongé, Luis Medina Castro, Carlos Carella, Eva Franco, Lydia Lamaison, Perla Santalla, Duilio Marzio, Nelly Meden, Iris Marga, Tincho Zavala, Raúl Lavié, y decenas de actrices y actores, muchos de los cuales hicieron sus primeras armas en Las dos carátulas".

Trabajando en la radio es como lo conoce José Cibrián, que luego le envía libretos para que trabaje en televisión. Pero el joven actor, conforme con su presente, no los acepta. Cibrián insiste hasta que lo va a buscar a la radio y, gracias a los compañeros de Alcón, lo encuentra detrás del piano, muerto de vergüenza. Es ahí donde no tiene otra alternativa que aceptar un papel protagónico en la pantalla chica.

Su paso por el cine
Debutó en cine en 1955 bajo la dirección de Luis César Amadori  El amor nunca muere, junto a Zully Moreno, Mirtha Legrand, Tita Merello, Carlos Core y Duilio Marzio.

Trabajó en unas 50 películas. Con el director Leopoldo Torre Nilsson hizo algunos de sus papeles cinematográficos más memorables, tal como el protagónico de El santo de la espada (1969), basada en la novela de Ricardo Rojas sobre la vida del Libertador José de San Martín. También con Nilsson filmó Martín Fierro en 1968, sobre el poema gauchesco de José Hernández, La maffia (1972),  Los siete locos (1973) —Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín—  Boquitas pintadas (1974) —Concha de Plata y Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián—, basadas las dos últimas en las novelas homónimas de Roberto Arlt y Manuel Puig.

Alfredo Alcón fue también uno de los protagonistas de una de las películas más taquilleras de toda la historia del cine argentino  Nazareno Cruz y el lobo (1975), de Leonardo Favio.

En España fue protagonista de la aclamada Los inocentes (1964), de Juan Antonio Bardem. Este trabajo le permitió incursionar en el cine español, siendo uno de sus más recordados papeles el que interpretó en En la ciudad sin límites (2002), película de Antonio Hernández ganadora del Premio Goya. Incursionó asimismo, y con éxito de crítica y público, en el teatro español.

Un guapo del 900, el papel que lo marcó.

Fue en 1960 cuando lo sorprendió el gran desafío. Ecuménico López significó el papel que lo marcó como actor y que lo consagró dejando atrás al joven carilindo que algunos sospecharon, no sería un gran actor.

“Si había alguien que no tenía ni tiene nada que ver con un guapo del 900 soy yo. A tal punto que cuando Nilsson me llamó, pensé que era para hacer de galán, que lo hizo Duilio Marzio. Entonces me habían llamado para hacer de cura en otra película. Llegué a mi casa y le pregunté a mi mamá qué hacer: "No, nene, hacé el cura". Cuando Samuel Eichelbaum se enteró y se quiso retirar, fue un escándalo. Me sentía desgraciado, todos me decían cosas terribles. Ese personaje de Ecuménico López me cambió la vida.”

Televisión

Su paso por la pantalla chica también dejó huella. Se destacó con la interpretación de Holofremes en Judith, de Hebbel, en 1961. Participó de grandes éxitos como Por el nombre de Dios, Vulnerables, Locas de Amor, entre otros. Su última actuación fue en 2012, en Herederos de una venganza.

En 2011, Alfredo Alcón recibió en Mar del Plata el premio el Premio Estrella de Mar de Oro

Premios


Alfredo Alcón tiene en su haber decenas de premios: Martín Fierro en 1960, 1963, 1964, 1966 y 1968; varios Konex, premio mejor actor en el Festival Internacional de Cine de Cartagena por Los siete locos, y el Premio Cóndor de Plata al mejor actor por sus  protagónicos en Los inocentes y Martín Fierro y a su trayectoria (2005). En 2005 y 2011 obtuvo la Estrella de Mar de Oro y tres veces fue galardonado con el ACE de Oro: 2007, 2012 y 2011.

Se corre el telón

Una vez confesó que para estudiar la letra la copiaba mano para  así poder retener cada coma de cada frase. Esa autoexigencia se sumaba a una constante inseguridad, que sin duda lo llevaron a no creerse nunca un actor consagrado y a seguir explorando y mejorando obra a obra, papel a papel.

Actuó en unas 50 obras, encarnó a  William Shakespeare, Federico García Lorca, Arthur Miller, Tennessee Williams, Henrik Ibsen, Eugene O'Neill y Samuel Beckett.

Los últimos aplausos

En marzo de 2013 reestrenó la obra de Samuel Beckett Final de partida en el teatro San Martín, junto a Joaquín Furriel.

Veintitrés años después retomó la obra que protagonizó y se animó a dirigirla.

"Todas las grandes obras hablan siempre de la esencia del hombre. No sé en qué época el mundo no estuvo en crisis. ¿Te acordás de alguna época en la que hubo paz entre los hombres, comprensión, que los bandos distintos se respetaran? No te digo que ames a tu enemigo, pero sí respetá su pensamiento y si lo vas a atacar, hacelo con la manera más inteligente. Pero cuando usás el tuteo interior, la chicana, ¿dónde está el pensamiento?, ¿dónde está el hombre? Y si a estas cosas que aparecen cotidianamente sumás la crisis en Europa, países a los que antes ponías como ejemplo de equilibrio, todo es muy doloroso. Es muy duro ver lo que pasa hoy allá, la gente se tira por el balcón porque en su casa nadie tiene trabajo. Es muy fuerte todo. Habría que parar un poco. Hay mucho ruido y pocas nueces. Estamos en el siglo XXI y la libertad es todo este ruido. Si eso es ser libre, qué presos estamos”.

Una carrera llena de desafíos y de aciertos, siempre ascendente.

Detrás, un hombre que no se cree quien es.

“Desde que empecé fui mejorando, creciendo. Era duro, porque tenía muchos miedos y tensiones. Estaba convencido de que si no estaba abarrotado no me salía bien. Tuve una época en que me decían: ¡Aflojate!. Y yo, nada. Estaba convencido de que me lo decían para que hiciera todo mal. Pero bueno, son desafines que uno necesita.  Cuando uno no desafina es que ya no busca más la afinación.”

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