5 abr. 2014


Texto: Griselda Cazorla 
Fotografía: Paula Souilhe


De gira por el Litoral, Raúl Barboza, el referencial intérprete del acordeón cromático correntino, recaló en formato trío junto a Nardo González en guitarra y a Roy Valenzuela en contrabajo en el Centro Cultural Alternativo (CECUAL) de Resistencia: allí brindó un memorable concierto junto a Coqui Ortiz, central cantautor chaqueño, y al acordeonista Lucas Monzón. Diorama lo entrevistó de forma exclusiva, aquí, sus memorias y pensamiento.

El Cecual es un centro cultural que alberga la sensación de llegar a la casa de un amigo, una casa así de familiar donde se comparten culturas, se construyen lazos, donde se aprende y se convive con la certeza de que siempre, pero siempre, uno se llevará una emoción atesorada, una huella, un estímulo, una canción o una charla.

La presentación de Barboza genera una emoción para los propios y ajenos, se vive la tarde del concierto con ansias, ya el escenario empieza a tomar forma en el patio central, con elementos autóctonos, verdes y tacuaras,  listas para recibir a los músicos.

Atardece y con los últimos rayos de un sol que enardeció las calles de Resistencia pese a que el calendario indica el otoño, arriban en un auto Raúl, Alberto, su manager y Nardo y Roy, los músicos que lo acompañan. Estacionan, bajan y estiran las piernas. Frente a las puertas del Cecual son recibidos y bienvenidos.

Raúl pide agua caliente para el mate, baja con un termo y entra por los pasillos hasta el dispenser de agua. Comenta sobre el largo viaje emprendido en auto desde Buenos Aires y cuenta que le tocó cebar mates durante el trayecto, mientras muestra sonriendo la tapa del termo con una luz roja que ayuda a orientarse en la oscuridad.

Barboza, radicado en París, Francia, pero siempre presente en Argentina todos los eneros, fue convocado para el Festival del Taninero en Puerto Tirol y en la Fiesta Nacional del Chamamé en Corrientes; en sintonía, tuvo a su cargo -en marzo- el cierre del Salón del Libro de París, para posteriormente estrenar Luz de Amanecer, su nuevo disco, en el Café Vinilo del barrio de Palermo, Buenos Aires.

Su llegada desencadena saludos desde el respeto y la admiración de quiénes lo van cruzando mientras se aprestan los músicos a bajar los instrumentos y a preparar un breve ensayo antes del concierto. En eso llega el acordeonista invitado, Lucas Monzón, con su padre Alfredo, y un poco antes Coqui Ortiz.

Desde afuera, y por las ventanas de una de las aulas que da a la calle se pueden escuchar acordes de chamamé, un anticipo de lo que más tarde sonará en el patio. Mientras, empieza a llegar la gente, muchos compraron sus entradas con antelación, otros se apresuran para obtenerlas un poco antes del concierto.

Ya una luna naranja ilumina el gran patio, centenas de personas sentadas bajo el cielo chaqueño dan el marco para el inicio de la magia. Raúl y sus músicos toman asiento en el escenario, se acomodan,  y sonrientes, van deshilvanando los acordes de un chamamé, el primero de muchos que encantarán a los escuchas, que nos transportarán a la melancolía, que nos harán evocar otros tiempos, que dispararán gritos de sapucay bien sentidos.

Raúl habla al público, es escuchado con atención y admiración. Antes de cada tema introduce a la canción, cuenta su origen, nombra a sus pares, rememora. Y es en ese ejercicio de evocación que menciona a Horacio Castillo, guitarrista prolífico que lo acompañó durante años, antes de fallecer en un trágico accidente hacia el Chaco, donde lo esperaba Coqui Ortiz.

Con emoción contenida, invita a Coqui a subir al escenario, donde se trenzan en canciones, para luego dar la bienvenida a Lucas Monzón, joven promesa del acordeón chaqueño, a quién le regala palabras de aliento, cuál bendición, llevándose un aplauso cerrado tras interpretar juntos El Hornerito.

Luego de recorrer todas las emociones posibles, va llegando el cierre del concierto, musicalizado con los clásicos del chamamé, arengados por un público que quiere perpetuar esos sonidos tan nuestros, que brega por “una más”. Inevitable, el final llega con aplausos de pie, con Barboza sonriendo con los brazos abiertos, quizás abrazando y sintiendo el cariño de la platea.




Diorama lo entrevistó luego del concierto, en un breve descanso antes de su partida. Volviendo al aula donde ensayaron junto a los músicos chaqueños, entre saludos y reverencias, y atendiendo los pedidos de la gente que quiso retratarse con él, tomamos asiento y, aprovechando un momento de tranquilidad, surge la chance de la entrevista.

Tranquilo, con su camisa roja y pantalón negro de vestir, anteojos y el acordeón a su lado, pide pistas sobre la pregunta que dispara esta entrevista. Casualmente o no, el mismo día del concierto en Resistencia, la provincia de Corrientes cumplía 426 años desde su fundación. El maestro del acordeón, y a la vez el abanderado del chamamé en el mundo, habla del guaraní, de los músicos y de la libertad de expresión. ¿Qué más develará Barboza en este instante efímero de charla? ¿A dónde se proyectarán su voz y sus memorias? Aquí, las respuestas exclusivas.

“Corrientes es una provincia en la que, si bien hay gente que habla el guaraní, éste no ha sido difundido como debería haber sido. También los músicos que viven en Corrientes suelen tener dificultades para expresarse libremente con su música. Es decir, nosotros no podemos decir que tengamos una libertad de palabra total”, dice Barboza en su hablar pausado y firme, mientras mira a los ojos y prosigue.

“No somos un país donde la libertad de palabra exista sin el temor luego de una represión. Sabemos muy bien que muchas veces hay personas que no pueden decir nada porque están amenazadas por alguna razón política. Musicalmente, yo amo la música guaraní y es por eso que la difundo”.

Pero se queda pensando, Barboza: “Porque yo nací en Buenos Aires, mucha gente no considera que yo sea correntino, lo cual no me preocupa. Pero sí, por ejemplo, que jóvenes músicos no tengan lugares donde poder expresarse. Yo conozco bastante bien el sur de Brasil, donde hay muchos Centros de Tradiciones Gauchas en los cuales uno se encuentra con la tradición, como ellos llaman un mate, un chimarrão. Tienen también un aguardiente para tomar café, té o mate. Y hay siempre una guitarra y uma sanfona (acordeón). Y ellos, cuando llega la fiesta patria, se visten de paisanos y aman la música que hacen”.

Ese afecto convive con ciertas certezas en claroscuro: “La gente, aquí, es muy conservadora. La vida me ha permitido vivir siete décadas y media; me ha costado casi 76 años venir a Corrientes y poder tocar la música, pero porque yo tengo paciencia: yo soy medio indio y, por lo tanto, me duele el dolor del indio. Aquél que nunca se queja, que nunca dice ‘me privaron de esto’. Y el hombre se aprovecha de eso que cree que es mansedumbre, y no lo es: es simplemente amar la vida”.

“Yo conozco los problemas de los guaraníes de Misiones; yo soy compadre de Catalino Martínez, el cacique de los mbya, que viven en San Pedro. Cuando yo fui con mi esposa y los amigos, no tenían agua corriente. El agua que ellos tomaban la hacían hervir, y me mostraron de dónde la sacaban y estaba contaminada. Entonces, cuando se promete porque van a haber elecciones y luego no se cumple, es una mentira. Tenemos que decir que es mentira. Cuando se les promete agua corriente también es una mentira: ellos saben que no les van a dar; que les van a dar casitas, porque al indio lo han obligado a sedentarizarse pero no le han enseñado cómo se vive en forma sedentaria”.

En eso Barboza conecta con escenas de otros años, atravesadas por el pleno calor misionero. Piensa unos segundos, se lleva una mano al cabello blanco, sedoso y grueso, y dice: “Yo recuerdo que cuando fuimos a verlos era pleno verano, y ellos, durante la época de la escuela gozaban de un freezer, pero como pertenecía a la curia, y a la vez la curia pertenecía a la escuela, en la época de vacaciones el freezer quedaba dentro de la escuela y ellos no tenían cómo guardar sus comidas”.

Ante ello pensaron soluciones posibles. Y accionaron: “Nosotros les regalamos un freezer con un dinero que yo traje de Europa para que puedan solucionar sus cosas. ¿Por qué tenemos que ser así? ¿Por qué hay que ser así? Yo me lo pregunto y no encuentro respuestas. Es decir, comprendo más o menos la respuesta, pero yo no me animo a dar una idea, ahora, porque sé que no existe el poder de la palabra libre”.

“Pero yo puedo decir, sin ofender a nadie, que el indio sufre. Puedo decirlo, porque eso sale en los diarios, que hay chicos que se mueren de hambre en la Argentina, por más que digan que no. Por más que digan que la inseguridad es una sensación, hay inseguridad. Por más que digan que no hay inflación, hay inflación. Entonces, ¿podemos creer en la palabra de las personas a quienes les hemos dado el poder del mando? Yo ya soy un hombre grande; he vivido sin que nadie me empuje para el lado que yo no quiero ir, porque además no empujo jamás a nadie adonde no quiera ir. Yo no le obligo a creer en nada: yo soy un hombre de libre pensamiento, de libre actitud, sin que eso sea un impedimento para que cada uno pueda expresar libremente su credo, sus pensamientos, su ideología”.

Sus expresiones son fieles a su postura, firmes, serenas, contundentes. Sigue un hilo en su mente, se manifiesta en algún momento en que se le pone gruesa la voz, quizás síntoma de su hablar sentido, extraño en su cadencia a la forma de hablar que tenemos en lo cotidiano.

Y concluye: “Es así como yo hago mi vida diaria, cotidiana. Y cuando yo toco la música, toco la de esta región, o de esta provincia, adonde vaya. Entonces, yo sé donde estoy parado; sé que cuando vengo a la provincia me encuentro con el cariño de mucha gente y que puedo expresar mi música sin ser reprobado y que el hecho de haber partido a otro lugar era para dar tiempo a la gente, y a mí también, para poder madurar, crecer, sin mayores tropiezos. Eso es lo que intentaré seguir haciendo hasta el fin de mis días”.



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