30 oct. 2013


El próximo miércoles 6 de noviembre a las 20 hs quedará inaugurada la muestra de fotografías de Nicolás Bohler “Aquí el vacio se come” en la Sala “Justa Díaz de Vivar” del Museo de Bellas Artes “Juan R. Vidal”.

“Es una absoluta genialidad del argentino desfigurar la metafísica hasta convertir el vacío en un sandwich”, dice el fotógrafo francés Nicolas Bohler. Lo remarca como metáfora de una observación más amplia: no sólo la de esa conversión como huella de la identidad latinoamericana, fundamentalmente en contraposición al ser europeo, sino la de una nutrición íntima y evolutiva.

El vacío es el desierto, la muerte, la otredad, el caos y el misterio, y las 32 fotografías que componen su muestra “Aquí el vacío se come” que podrá verse de lunes a viernes de 8 a 20,30 y los sábados de 9 a 12 y de 17 a 20 en el Museo Vidal –San Juan 634-, con entrada gratuita, se prestan a leer como una carajada a Europa y su “pretensión de dominio sobre la realidad”.

Aquí está un artista callejero dormido entre las céntricas esculturas de Olmedo y Porcel, allá los taburetes vacantes de una hamburguesería al paso, ahí un chiflado haciendo la venia entre milicos de Congreso, acá unas monjitas entrándoles a unas papas de casa de comida rápida; postales de lo popular que en correlación arman una Buenos Aires no más agónica que valiente, además del recorrido urbano de 2005 a 2012 del lente de un extranjero “renacido” porteño frente a un puesto de choripanes.

Vida y obra

Oriundo de Lorena, Francia, filósofo y periodista, Bohler nunca estudió fotografía. Empezó a gatillar flashes a los 20 años en Nápoles. Se enamoró de los puertos y de la manito de ese amor fue a Lisboa y luego a La Boca, a la que arribó a sus 23, una semana después de Cromañón.

“Tenía una serie de pequeñas sospechas de familiaridad pero no una clara voluntad de exilio. Fue una sorpresa encontrarme tan revelado”, concede ahora, a los 31, mudado a Congreso, en un español porteño que apenas revela su adopción tardía al pasar la lengua por las erres.

En la elección del destino hubo una cuota de irracionalidad, admite; la olfatea en la infancia. Tenía cinco años y su objeto predilecto era un globo terráqueo, obsequio de sus padres. La esfera venía con una pequeña lupa que, antes de dormir, ubicaba sobre una ciudad. “El nombre ‘Buenos Aires’ siempre me resultaba atractivo. A eso se sumaron mis estudios en París y lecturas de Gombrowicz, Cortázar y Borges”, enumera.

Del autor de El Aleph destaca que “tiene un estilo de autoridad universalista”. “Es el que más encarna lo que Buenos Aires tiene de fetichismo europeo. Borges es el paroxismo de esa obsesión argentina que, si bien hace posible para el europeo una aproximación familiar, resulta a la vez frustrante cuando uno empieza a querer a la ciudad y al porteño”.

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