18 sept. 2013

* Por Marcos Rodrigo Ramos

Me encanta Gualeguaychu, aún con sus demonios. Si por mi fuera estaría siempre aquí en medio de este campo, solo, libre y en paz; lejos de los relojes, los trenes y los tribunales. El aire acá es agua y las estrellas brotan como manantial del horizonte, todo tiene poesía, las brasas en el hogar de la chimenea, la pava, el mate. El mundo cambia, mi sangre se renueva y con mis sesenta años me vuelvo uno con la tierra.

Siempre hay algo que hacer, arreglos en la casa, los alambrados, los bebedores o el molino. Son pocos los día que me puedo escapar para acá pero como los disfruto, aunque estén los demonios.

Aquí trabajo desde las seis de la mañana, cuando la luz se va me siento frente a ese horizonte que se multiplica por cuatro, con el cuerpo cansado y las manos lastimadas pero feliz por esa suciedad y la nobleza de esa tierra en las uñas. Si Dios fuera hombre sé que elegiría esta vida, con luz de fogón y sin televisores.

Sin embargo en medio de este paraíso hay escondidos demonios, lo que voy a narrarles habla de ellos que ahora me siguen asechando.

La primera y única vez que los vi fue hace dos años. Como todos los quince había ido a cobrar el arrendamiento de las hectáreas que tengo en Gualeguaychu, el maíz ya estaba para cosechar. Llegué a la noche a la modesta casa que yo mismo construí en el centro del campo, bien cerca del molino. Tiré la colchoneta y me acosté mansamente con esa tranquilidad que sólo me da ese aire, quizás porque se parece demasiado al que respiraba de chico en Germania. Dormí con la puerta y las ventanas abiertas como siempre. Desperté al amanecer gozando del placer de madrugar cuando no se tienen horarios. La tierra paría al sol desde sus entrañas y uno era mudo testigo del milagro bajo el alero, con el mate, la radio y las noticias de Fray Bentos.

Alrededor de la casa el pasto había crecido demasiado, agarré el machete y empecé a limpiar la maleza. Cerca del pozo ciego había tirada una chapa, cuando la corrí terrible fue mi sorpresa al ver entre los pastos amarillentos una víbora enrollada, pensé que podía tratarse de una yarará, pero no, era una víbora verde y más bien pequeña, parecía estar muerta. Fui a buscar la pala sin dejar de ver para atrás por temor de que me siguiera, siempre me causaron repugnancia estos bichos, el solo hecho de recordar su imagen me erizaba la piel. Cuando estuve de vuelta frente a ella la golpeé en medio con la punta de la pala y al verla retorciéndose partida en dos, noté con asombro que en donde debería estar su cola tenía otra cabeza.

Horrorizado vi como en ambas parte donde yo las había cortado comenzaba a hacerse otra cola que se hinchaba pareciéndose a un cascabel, pero luego su forma comenzó a mutar hasta transformarse en otra cabeza. Y allí estaba yo atónito frente a esas dos víboras que me miraban con sus cuatro cabezas y sus cuerpos en forma de “u”. Sin dejar de verme fueron retrocediendo hasta perderse en el maizal.

Si llega a tus oídos esta historia, te pido por favor que no se la cuentes a mis parientes porque seguro no me dejarían volver a Gualeguaychu que, a pesar de todo sigue siendo mi cielo. Es sólo cuestión de aceptarlos.

Hasta Dios sabe que en todo paraíso siempre existen demonios.

                                                                                             

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